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Title: Sardana, danza pagana y de brujas
Description: Per Nathair


Tristania - June 20, 2007 03:38 PM (GMT)
“Más de 400 mujeres murieron en la horca en Catalunya durante los siglos XVII y XVIII acusadas de brujería. Muchas de ellas -viudas, viejas, pobres, inmigrantes occitanas- no sabían de qué las acusaban, puesto que muchas de las acusaciones eran fruto de las supersticiones populares, la estrecha línea que, durante la Edad Media, separaba la magia de la brujería o de la ciencia. Pero no fue hasta el siglo XV en que, a partir de la teoría de Santo Tomàs de Aquino, el pueblo y la Iglesia empezaron a considerar que el demonio estaba presente en la tierra y que una serie de personas se dedicaban a alabarlo. Los habitantes de los Valles de Àneu ya afirmaban, en el año 1424, que una serie de mujeres se reúnen a la zona para copular con el diablo”

El 22 de agosto de 1610, en la Universidad de Igualada, en pleno periodo de cacería de brujas, se determina «que no se bailan de aquí en adelante en la plaza sardanas por ser baile deshonesto, y que de ninguna manera se baile en viernes, ya que en parecido día tomó muerte y pasión nuestro señor Dios Jesucristo por nuestra salud y remedio, y que no se baile sino de día y no por la noche, y esto para quitar todos abusos». La prohibición igualadina es interesantísima porque nos deja entrever una cierta relación del baile con la brujería. Primero, por la época en qué se recogió; pero sobre todo porque las noches de viernes eran una de las fechas principales en qué se celebraban las juntas o sàbats de brujas. Las concomitancias entre la sardana y la brujería, las volvemos a encontrar más adelante, en un proceso tenido contra un brujo de Sant Feliu de Pallerols, pues este declara que «el demonio no quería que sonaran sardanas, ni como suenan los músicos de por aquí, sino sonido todo arrebatador, tanto como yo podía sonar con el flabiol": con lo cual tenemos que el diablo se molestaba si el músico tocaba sardanas blandas: él las quería bien alborotadas.

Baile de brujas

Con todo, no podríamos entender qué tenían de deshonestos aquellos bailes circulares, si no los vinculáramos también con la brujería. Así lo hizo Joan Amades, a quien debemos el relato de una junta o esbat en el dolmen de Piedra Gentil. Al hablarlos del Castillo de Vallgorguina, nos informa de que «era la estancia de las goges y las brujas del Maresme, que cada sábado celebraban sus grandes reuniones en la cumbre de Piedra Gentil. Hacían las reuniones las brujas de toda la costa, montadas encima de escobas voladoras que les hacían de caballo. Después de cenar se desnudaban ante el hogar y los fogones y con unos ungüentos que guardaban dentro de una jarra que tenían bajo el hogar se untaban las axilas, decían unas palabras extrañas, adquirían la facultad de volar y huían chimenea arriba. Se dirigían hacia la reunión, que era presidida por el diablo bajo forma de cabrón intensamente peludo y con unos cuernos enormemente grandes, sentado en un tonel, sonaba un flabiol de sonido ronco y ellas hacían un baile circular a su alrededor».

Finalmente, los ejemplos que recogió Cels Gomis en su libro “La bruixa catalana”, ponen de relieve la conexión irreversible de la sardana con el baile que practicaban las brujas en sus sàbats. Gomis nos dice que «todo lo que he encontrado en la imaginación de nuestro pueblo respecto a aquellas reuniones se reduce al bote de los ungüentos, a palabras misteriosas, a la escoba que los sirve de caballo, a las sardanas que bailan en lugares dónde la hierba no crece nunca». También nos dice que «las brujas de Barcelona acostumbraban a reunirse el sábado por la noche en una placita que antes había a la calle de Sant Ramon del Call. En una de tantas noches acertó a pasar un jorobado en el momento que aquellas bailaban una sardana. Las brujas lo cogieron de la mano y lo hicieron bailar con ellas», ya que el jorobado representa el demonio o a la antigua divinidad precristiana. Por esto, en otra leyenda que recogió Gomis a finales del siglo XIX, un hombre que asiste a una junta de brujas, «tras bailar la sardana y divertirse a lo grande, vio que todos quienes había reunidos iban desfilando delante del demonio y le hacían acatamiento besándole las vergüenzas, y él debió hacer la misma cosa».

Los primeros textos que hacen referencia a la sardana lo hacen siempre como un baile fuera de la ley. Hace falta precisar que fuera de la ley católica y de su moral. Y están vinculados muy estrechamente con la brujería. O sea, con las danzas rituales de la religión precristiana. Por esto se bailaban, en algunos casos, dentro las iglesias: como la última señal de una religión perdida. Por lo tanto, no es extraño que el demonio acostumbrara a hacer sonar el flabiol ni que una tonada popular cantara: «dejamos estar la sardana / porque es cosa muy profana». La vinculación del flabiol y el tamboril a la brujería es una constante a lo largo de los relatos populares como también a lo largo de los procesos inquisitoriales. Para Gomis, el tamboril y el flabiol eran “instrumentos obligados de las brujas catalanas, vizcainas y navarras y no dejaban de figurar a todas sus diversiones y bailadas». Es este autor quien nos relata que en una fecha bastante anterior al 1884, el Cestero de San Iscle subía a la llanura de la Tanyada «a caballo de un perro negro y allí arriba tocaba el tamboril para avisar a las brujas de Mallorca, que al oírlo acudían en grandes grupos». Y del mismo parecer es Caro Baroja, ya que en su libro “Las brujas y su mundo” nos expone que, en algunas juntas, las brujas y los demonios, cogidos de las manos, «bailan en círculo, sacudiendo la cabeza y haciendo vueltas como fanatizados», haciéndolo «al sonido del tambor y de la flauta que algunos tocan sentados sobre las ramas de un árbol».

Y aquí dejo ya el tema. Las precisiones anteriores sólo son para recordarnos cual es el origen de nuestra danza nacional, cual fue su espacio de culto, su entorno religioso, sus connotaciones sexuales y la manera como se debía bailar para que el dios cristiano no se enfadara.




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